viernes, 2 de enero de 2015

Adictos a la escritura: Carta a los Reyes Magos

Muy buenas para todos. En primer lugar quiero desearos un muy feliz año nuevo, lleno de salud, amor y sueños, tanto nuevos como cumplidos. Espero que estas fiestas estén siendo muy especiales para vosotros, y que la Navidad os esté resultando como mínimo buena. 
Hoy os traigo mi aportación del mes al grupo de Adictos, que consistía en escribir una carta a los Reyes Magos. Esto forma parte de un proyecto que tengo entre manos.


Queridos Reyes Magos:

¿Cómo habéis pasado este año 2014, tan largo y tan corto a la vez? El tiempo es tan relativo… Según en que lo estés empleando se eterniza o se hace efímero; como el primer día de trabajo en un lugar desconocido, como el primer beso de unos amantes anhelado durante largo tiempo.
¿Lo recuerdas Melchor? Yo aún tengo tu huella en mis labios. Quizás te rías cuando leas esto (estoy segura de que lo harás, leerla quiero decir, ya conozco tu “mágica” propiedad de ubicuidad incluso en estas fechas), pero no es mentira lo que te digo. Tu beso, ese de hace tantos años, cuando aún teníamos acné e inseguridad a raudales, se quedó en mi recuerdo como una experiencia indeleble. ¿Te pasó a ti también? Estoy segura de que no, pero no es importante.

Bueno, llegados a este punto, y dado el trabajo que tendréis en estas fechas y los montones de cartas por leer, iré al grano. Mis divagaciones estaban muy relacionadas con el único deseo que os quiero pedir: quiero un beso como el que me diera hace tantos años vuestro compañero.

Podría pedir un coche nuevo, que el mío está hecho una birria, pero puede aguantar un añito más. También un fin de semana de relajación en el spa de San Pedro, ese en el que te ponen toallitas calientes en el cuello y el trasero, mientras unas manos expertas recorren tu cuerpo, delineándolo, barriendo la tensión para que creas que estás flotando en una nube. Pero eso me lo podré pagar con unos meses de ahorro.

No, no quiero nada de eso. Podré sobrevivir sin poseer ni una sola de esas cosas, pero no sé cuánto tiempo más aguantará mi alma empalidecida en este estado de soledad. Y creo que un beso podrá ayudarme a sobrellevar otro año así. No os riais de mí, os lo ruego (quizás solo un poco, ¿de acuerdo?). Me han besado bastante a lo largo de estos años, he estado con hombres de todo tipo, que me han prodigado atenciones, caricias, sexo… Pero al final, todo era igual de vacío. No me refiero a la presencia, os hablo de la resonancia que todo eso tenía en mi corazón. Cero.

Por eso yo pido, para esta Navidad, un beso de esos de verdad, aunque sea solo uno, ¿vale? Te encomiendo a ti la labor, Melchor, porque sé de sobra que conoces la naturaleza de los besos que yo pido. Uno que me deje llena, que me sacie, que me haga descolgarme de mi propia vida, aunque sea solo durante los minutos que dure. Yo me comprometo a guardar la experiencia para siempre, y no volver a pedir nada tan raro nunca más. Pero vosotros sois expertos en emociones y sentimientos, así que sabréis bien como conseguir esto.

Sin otra particularidad, agradezco mucho que hayáis leído mis palabras. Llevad cuidado en vuestros agitados viajes. Espero que vuestros deseos también se cumplan.
Un beso gigante (sí, de los de verdad).

Ana 


lunes, 15 de diciembre de 2014

Adictos a la escritura: ¿Y si fuera...?

Hola a todos. Hoy traigo una entrada participando en el proyecto del mes de Adictos a la escritura. En esta ocasión se trataba de situar el relato en otra época histórica, incluso con personajes reales de dicha época. Yo he elegido el siglo XVIII-XIX, teniendo como protagonista a Robert Fulton, ingeniero que creó uno de los primeros barcos de vapor usados comercialmente. No tengo mucha idea de escribir nada histórico, pero he hecho lo que he podido.

De máquinas que se mueven y corazones que bombean sentimientos

Robert Fulton no se rendía fácilmente. Sus numerosos viajes entre Europa y América daban fe de ello, y aunque la primera vez que abandonó su natal Pensilvania lo había movido un acercamiento al arte inglés, había derivado en un interés cada vez más creciente en la investigación y la invención. 
Se había movido mucho desde que oyó por primera vez, cuando aún no había llegado a la adolescencia, un testimonio fidedigno acerca de la máquina de vapor, de boca de William Henry. Le encantó su funcionamiento, y quiso construir algo que  funcionara con ella. Y es que crear cosas, del género que fueran, siempre le había parecido una experiencia fascinante.

Por eso estaba tan orgulloso mientras surcaba las aguas del río Hudson, sobre su gran monstruo acuático. Había fracasado anteriormente, sí, el primer barco que construyó se hundió como hierro en el agua; el segundo navegó valiente por el Sena sin llegar a ser funcional. Pero 1806 parecía ser su año, y el Barco de Vapor del Río Norte surcaba las aguas impetuoso, con sus grandes palas comiendo metros más rápido que cualquier barco de vela. 
Podía escuchar los gritos de su hombre de confianza, dando ánimos a los trabajadores para que alimentaran las calderas. Su preciada máquina de vapor, esa que por fin impulsaba el barco como él quería, dejaba sus volutas de humo en una estela grisácea que cualquier observador, y había muchos tanto en la orilla del río como en pequeños barcos alrededor, podía apreciar.

Tenía mucho que agradecer y él lo sabía. Siempre había intentado compensar un esfuerzo a los que le rodeaban, y muchos le habían acompañado en su recorrido, tanto físicamente como en su extensa documentación: el marqués Claude de Jouffroy, con su barco de paletas; el duque de Bridgewater, dejándole su canal para sus investigaciones… Sin duda el trabajo de William Symington con los barcos de vapor había sido también determinante para él.

Apoyada en la barandilla, con el pelo volando en mil formas imposibles a su alrededor, se encontraba su mujer. La espalda recta, la barbilla alzada como una reina, y una mirada tan dulce que era capaz de derretir hasta la más férrea voluntad. Ella lo anclaba a la realidad, no dejando que la locura de la investigación y las máquinas lo llevara con él, lo alzaba en los momentos de duda.
 A pesar de ser algo escandaloso para los cánones establecidos, su amor estaba muy por encima de lo que la sociedad pudiera pensar, así que se acercó a ella pegando todo su cuerpo a su costado, y poniéndole el brazo alrededor de la cintura. Con una pequeña inclinación, le dio un suave beso detrás de la oreja. Ronroneó satisfecho al notar su estremecimiento ante la leve caricia.

─¿Qué piensas, mi amor?
─Que no podría estar más orgullosa de ti.

Una sonrisa de satisfacción se extendió por su rostro. Que ella se sintiera así hacía que su alegría fuera mucho mayor. Catherine Livingston nunca había sido una mujer fácil de contentar.

─Todo esto es gracias a ti ─después le tocó la barriga con amor, mientras miraba al horizonte─. Y gracias al pequeño que llevas ahí. La ilusión mueve montañas.
─Tendrás mucho que enseñarle, Robert.

Entonces recordó la oferta que había recibido unos días antes, y su semblante se endureció levemente. Nadie lo notó, era un hombre acostumbrado a manejar a su antojo su temperamento. Pero la incertidumbre estaba ahí. Fue la llamada de su colega Bell la que le informó de que un tal lord Richard Klivington quería adquirir su submarino, el Nautilus. Le sorprendió tal noticia, ya que eran pocos los que tenían conocimiento de que aún lo conservaba en un embarcadero de Inglaterra, pero así era. A pesar de haber resultado un proyecto frustrado, ya que nadie había querido seguir financiándolo y no lo habían considerado apto para el ejército, no había podido deshacerse de él.

Quizás fuera su lado romántico, pero en sus viajes a Londres siempre lo visitaba, acariciaba su interior, su exterior de cobre. A Catherine le encantaba besarlo en  aquella pequeña nave que tan poco había navegado. Ahora un desconocido quería hacerse con ella. De hecho había llegado a intercambiar correspondencia con él directamente, y lo que más le había llamado la atención eran sus motivos. Puede que fueran aquellas razones las que le estaban llevando seriamente a plantear vendérselo. Porque para su sorpresa, lord Richard Klivington quería el submarino para que su querida esposa pudiera ver algunos animales marinos. ¿Quién se gastaría miles de libras en algo así? Porque esa era otra de las cosas que le llamaba de manera poderosa la atención. Aquel loco estaba dispuesto a gastarse una cantidad indecente de dinero, cantidad que él sabía muy bien que no valía. Y aunque el dinero no era en ese momento un problema para él, no era tan tonto como para saber que en unos años las cosas podrían estropearse, y tanto a él como a su descendencia le vendría bien tener un seguro guardado.

Soltó a su mujer para tomar la barandilla con ambas manos y apretarla fuerte. Después la buscó con la mirada. Ella ya lo observaba, todos sus sentidos puestos en él. Todo el mundo debería disfrutar de una atención tan amorosa al menos una vez en la vida.

─¿Lo vendo?

No hacía falta especificar, ella sabía de qué hablaba.

─Siempre podrás hacer uno nuevo y mejor ─lo miró de esa forma profunda que iluminaba lugares de su mente desconocidos para él mismo─. Sí, sabes que es una oferta muy generosa.
─Un derroche.
─Eso es cosa suya, Robert. No obstante, siempre puedes preguntarle el porqué.

Robert asintió, mientras se inclinaba sobre su mujer y le daba un escandaloso beso en los labios. Un mes después se reunía con lord Richard Klivington en un embarcadero de Inglaterra. El Nautilus les observaba curioso, con el frío cobre reflejando la rara claridad de aquel día.

─Bueno, ya es todo suyo, como hemos acordado. Creo que no le será nada complicado conocer los fundamentos del mismo, dada su formación.

El lord había resultado ser un ingeniero bastante afamado en sus círculos.

─Sin duda sus indicaciones me serán de gran ayuda.

Ambos hombres estuvieron divagando durante un tiempo sobre los materiales y el funcionamiento del submarino. Cuando ya se disponían a despedirse, Robert Fulton llamó la atención del que ya era el dueño del Nautilus.

─Usted podría haber fabricado uno igual, ¿por qué comprar el mío?

Lord Richard Klivington se quedó un rato mirando el submarino, y el agua que se expandía tras el mismo. Después con una sonrisa sincera lo miró.

─Siempre es más fácil partir de un punto de referencia sólido ─indicó señalando la embarcación. Después su risa se hizo más atrevida─. Además, mi esposa tiene ardientes deseos de ver lo que hay bajo la superficie del mar. ¿Quién podría contradecir a una dama?

Robert rió con aquel hombre mientras meneaba la cabeza, comprensivo.

─Nadie en su sano juicio, sin duda.

Ambos hombres partieron cada uno a su destino. Uno con cierta añoranza, el otro con cierto anhelo. Porque el último deseaba hacer feliz a su esposa cuanto antes. También perfeccionar aquella máquina.

Años después conseguiría hacerla navegar desprendiéndose de los trabajosos pedales, con un motor de combustión interna, antes de que Beau de Rochas lo describiera y Otto después también, haciéndolo funcional. La leyenda cuenta que antes de su muerte, lord Richard Klivington vendió su Nautilus, un submarino mucho más notable ya, al capitán Nemo, que trabajó duro con él durante un tiempo, ampliándolo y perfeccionándolo, antes de echarse a la mar con sus hombres en busca de mil aventuras. 

Muchas gracias por leer. Muchos besos.

lunes, 3 de noviembre de 2014

"Amor con amor se paga" Sarah MacLean

¡Hola a todos! Feliz inicio de semana en primer lugar. Hoy vengo a informaros de la última novedad en romántica de ediciones Versátil, “Amor con amor se paga”, de la autora Sarah MacLean, que ya deleitó a muchos con su serie Love by Numbers.

En esta ocasión este libro pertenece a la serie Las reglas de los canallas, siendo el segundo de ellos. Sale a la venta hoy tres de noviembre tanto en formato papel como en ebook. Aquí os dejo la sinopsis:


Pippa sabe lo que quiere… Pero solo un canalla sabe lo que desea.
Lady Philippa Marbury es… rara. A pesar de ser hija de un marqués, Pippa está más preocupada por los libros que por los bailes, por la ciencia que por disfrutar de la temporada, por su laboratorio que por el amor.
La brillante joven arde en deseos de casarse con su simplón prometido y vivir el resto de su vida tranquila, rodeada de sus perros y de sus experimentos científicos, pero antes de que eso ocurra tiene por delante catorce días para investigar sobre las partes más misteriosas y excitantes de la vida conyugal.
No es demasiado tiempo, así que para satisfacer sus objetivos necesita que la guíe alguien familiarizado con los rincones más oscuros de Londres.
Necesita… un canalla.
Necesita a Cross, el inteligente propietario de uno de los más exclusivos clubs de juego de Londres. El hombre con la reputación perfecta para mostrarle el lado perverso de la vida. Sin embargo las reputaciones a menudo esconden oscuros secretos y, cuando la poco convencional Pippa le propone que la instruya en la parte científica de las emociones, Cross tendrá que recurrir hasta a la última gota de su fuerza de voluntad para resistirse y no dar a la dama mucho más de lo que está reclamando.

Yo me estoy el primero de la serie, Un canalla siempre es un canalla y me encanta, no solo la historia, sino la forma de contarla y los detalles que elije para meterte en una escena, tengo que decir que muy bien cuidados y evocadores.

También os dejo el link a una entrevista que le han hecho con motivo de su lanzamiento pinchando AQUÍ.

Gracias a Eva Olaya de ediciones Versátil por la información.

Muchos besos para todos

martes, 9 de septiembre de 2014

Amanecer contigo. Noelia Amarillo

¡Hola a todos! Podría dar muuuuchas explicaciones de porqué no he hecho entradas en los últimos meses, o quizás ninguna, porque ha sido la falta de tiempo por la dedicación a otros menesteres. Pero hoy he visto la nueva publicación de Noelia Amarillo, y me apetecía compartirla con vosotros (si es que queda algún bendito que aún se pasa por este rincón). Siento mucho el abandono de este blog, no puedo decir que curso seguiré con él. Pero si puedo decir que me sigue encantando: el blog, leer y escribir.

A lo que vamos, Noelia Amarillo sacará próximamente, en concreto el 9 de octubre, con la fantástica editorial Terciopelo, su nueva obra llamada: Amanecer contigo. Aquí os dejo la portada, que sí, me gusta mucho, como el título, muy sugerente (Amanecer con alguien siempre implica haber estado algún periodo de la noche con ese alguien, ¿no?)


Y aquí os dejo la sinopsis, en la que observamos que Noelia se sale de lo contemporáneo, para trasladarnos a un año 1916 que estoy segura estará muy bien llevado:

Barcelona, 1916. En su lecho de muerte, Oriol, la oveja negra y único heredero de la acaudalada familia Agramunt, confiesa que tiene un hijo que nadie conoce. El patriarca de los Agramunt, Biel, decide encontrar a su nieto y un mes después, cuando Lucas regresa a su casa en la Barceloneta le espera un lujoso automóvil aparcado frente a su puerta.A partir de ese momento, la vida de Lucas dará un giro radical: deberá abandonar la única vida que ha conocido, será educado con disciplina y se enfrentará a los otros aspirantes a la herencia de su abuelo.
Encerrado entre los muros de una suntuosa mansión y mientras intenta adaptarse a ese mundo desconocido que lo rechaza, conocerá a Alicia, la joven que le ayudará y le enseñará lo que es el amor y hasta qué punto estar atrapado puede ser la salvación de un hombre.

Veremos que nuevas aventuras nos depara esta historia. ¿Os animáis a leerla? 
Un abrazo y gracias por leer.

jueves, 27 de marzo de 2014

Adictos a la escritura: El desafío. Fase 2.

Hola a todos. Hoy traigo mi participación en el grupo Adictos a la escritura, que consiste en que un miembro del grupo ha escrito un párrafo, y el otro miembro tenía que continuar un relato a partir de ese inicio de historia. Mi párrafo de inicio ha sido de AngieL12, muchas gracias porque me ha encantado escribir este relato. Aquí os lo dejo:

Destello rojo

Me detuve un minuto mientras respiraba con dificultad. Miré el bazar con un mareo febril, y como un golpe, el olor del lugar me invadió, sentí todo tipo de olores picantes con una combinación de tierra y sudor, al parecer sólo yo lo notaba. Me concentré y busqué con la mirada esperando encontrarla, su vestido era rojo, fácilmente confundible con el otro millar de tonos iguales que alcanzaban mi vista. Estaba seguro de que si no la encontraba en ese instante, no la volvería a ver. La idea sola fue peor que la batalla de voces y gritos a mi alrededor.

Un mercader regateaba con unos hombres con aspecto de turista. Sus voces estridentes me taladraban la cabeza impidiendo concentrarme. El sol calentaba inclemente, cegándome, por lo que me llevé una mano a la frente haciendo de visera para intentar ver mejor. Observé que a la derecha había unas escaleras que subían a una pequeña torre, vacía al parecer, y sin pensarlo me lancé a la carrera hacia allí. A los sonidos del lugar se sumó mi corazón, que martilleaba con fuerza en los oídos, y las pisadas de mis botas que luchaban escalón tras escalón por llegar a la torre de piedra. Una vez arriba me lancé al borde del mirador, oteando aquel mercado presidido por una nube de polvo que cubría todo. Busqué entre la multitud mientras maldecía para mí.

La misión tenía que ser sencilla, el enlace Sherezade nos llevaría hasta el taller donde se suponía estaban fabricando armas que se vendían en el mercado ilegal de Europa, nosotros capturaríamos al líder de ese taller y le ofreceríamos una recompensa más jugosa que la que le ofrecía su superior, la figura clave en todo esto, para que nos vendiera su ubicación.  En el transcurso de la operación apresaríamos a quién pudiéramos y desmantelaríamos aquellos negocios ilegales que no interfirieran con el fin último de la misión, Joel Micaf. Pero en mi trabajo en el ejército he aprendido que nada suele salir a la primera. También que nunca te puedes sentir atraído por ninguna de las personas inmiscuidas en la misión. Y lo más importante, nada es lo que parece, aunque tenga aspecto de ángel y sea tan preciosa que despierte la ira de la diosa de la belleza. Porque el enlace Sherezade había resultado ser la hermana de Joel, y cuando se enteró de que el objetivo era él, dejó de ser fiel al ejército para intentar proteger a su hermano. No me cabía en la cabeza como era posible que una mujer tan excepcional, tuviera como familia un ser despreciable como aquel tipo. Responsable de tráfico ilegal y trata de blancas, entre otros muchos delitos, lo teníamos en el punto de mira desde hacia tiempo. Pero no creía que ella supiera de todos sus delitos, las sociedades mafiosas solían ser tan herméticas, que ni siquiera el segundo a bordo lo sabía todo.

Seguí observando el horizonte y entonces la vi. No me cabía duda que era ella, porque llevaba en el hombro la maleta con toda la documentación conseguida, que permitiría inculpar a Joel. Fui a darme la vuelta para bajar a la carrera la escalera, cuando escuché en el pie de la torre voces que gritaban:

—¡Cogedlo! ¡Está ahí arriba!

El corazón se me disparó de nuevo, podía notar como la adrenalina desbordaba mi torrente sanguíneo. Aproveché ese aporte de energía para buscar una salida, y como casi siempre la encontré. Un tejado se encontraba a la izquierda, a unos dos metros de distancia, así que sin pensarlo me encaramé al borde del muro y salté. Después comprobé si uno de los tubos que bajaban del techo al suelo estaba bien anclado a la pared, y bajé por el mismo arañándome las manos en el descenso. Pero me daba igual, necesitaba llegar a ella. Por la misión sobretodo, pero también por mí. Quería descubrir que había significado el encuentro de la noche anterior, ese beso descarnado en la oscuridad, la huída posterior sin darme ninguna explicación. Sabía que nos había traicionado, pero necesitaba hablar con ella.

Me abrí paso entre la multitud que compraba y vendía en aquel mercado, oyendo las imprecaciones de aquellos a los que empujaba, notando como en mi carrera iba pisando algunas frutas que habían caído al suelo. Había dejado de ver a la mujer de rojo, pero sabía que iba en la dirección adecuada, mi sentido de la orientación rara vez fallaba. Seguía oyendo las voces de mis perseguidores a mi espalda, cada vez más cerca, cada vez más enfurecidas.  Intenté contactar con mi equipo varias veces, pero las comunicaciones hacía rato que parecían no funcionar. Seguí corriendo sin prestar atención al agotamiento que atenazaba cada músculo de mi cuerpo, llevaba dos noches sin apenas dormir, y casi no habíamos probado bocado. De pronto, como una chispa de fuego que atraviesa el horizonte, detecté la presencia de Sherezade que se movía como una gacela entre la multitud, girando un callejón a la izquierda y desapareciendo de la calle principal. Aceleré aún más y seguí el recorrido que ella había trazado, pero al meterme en aquel callejón observé que no había nadie.

Era imposible que hubiese llegado al otro extremo, miré hacia arriba, por si había alguna escalera que podía haber tomado. Me quedé allí plantado unos segundos, mirando las puertas cerradas que salpicaban la oscura calleja. Si abría cada una de ellas conseguiría que me pillaran los hombres de Joel. Y eso no me lo podía permitir, no me apetecían días de tortura en sus manos. Cuando empecé a avanzar hacia el fondo del callejón, una mano salió de la nada y con un fuerte tirón me arrastró al interior de una habitación a oscuras. Noté como unos dedos delicados me tapaban los labios, inhalé profundamente y no me cupo de duda de que era ella, Sherezade. Su olor a limón y menta me impregnaba cada sentido impidiéndome pensar con claridad.

—Por favor, no digas nada, estas calles no son seguras —por una fina rendija que no estaba tapada por la cortina, entró un rayo de sol que iluminó sus ojos negros como la noche; en ellos brillaba la preocupación y algo más que no supe definir—. Solo te puedo dar parte del contenido de esta bolsa, el resto me lo tengo que reservar hasta investigar si todo esto es cierto.

—Créeme que lo es, llevamos tras su pista muchos meses.

—Las cosas no son tan sencillas, Marco, tú solo conoces una versión de los hechos. Necesitas una vista de caleidoscopio para entenderlo en profundidad.

—Comprendo que no quieras ver la verdad, Shere, pero las pruebas…

Estaba frustrado, necesitaba que comprendiera y no sabía como hacérselo ver.

—Sólo es tu verdad, y recuerda que yo tengo las pruebas Marco.

Su tono contundente me dejó claro que no cambiaría de opinión. Cogiéndome la mano depositó un grueso sobre en mi palma, cerrándome después el puño abrazando mis dedos. Después me empujó hacia la puerta, pero justo antes de abrirla, presionó el cuerpo contra el mío y sentí como sus labios me acariciaban la boca. Intenté retenerla, profundizar en aquel beso, pero fue tan fugaz que antes de darme cuenta estaba en el callejón polvoriento. Desorientado por las sensaciones que me invadían, avancé por el callejón, para salir a alguna calle principal, cuando noté pisadas a mi espalda.

—¡Ahí está!

Sin pararme a pensar corrí como alma que lleva al diablo, y cual fue mi sorpresa cuando al llegar al fondo de la calle un jeep me esperaba con dos de mis compañeros dentro.

—Joder Marco, que puto susto nos has dado.


El coche comenzó a abrirse paso por las calles de la ciudad a toda velocidad. Mientras, abrí el sobre y entre un montón de papeles y lápices usb, encontré un móvil. En un post-it rezaba un “Te llamaré. Tenlo encendido”, que me arrancó una sonrisa, mientras apretaba el sobre con fuerza, para que no se me escapara de las manos. 

¡Muchas gracias por leer!